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EXPLORANDO
LAS ADYACENCIAS DE LA RESIDENCIA.
Salgo
a explorar las adyacencias de nuestra residencia, y por prudencia tomo notas de
todos los lugares para orientarme al regreso. Sufro de eso que llaman
“cretinismo topográfico”. Una vez me perdí el primer día de estudios de
bachillerato en San Juan de los Morros. Sali de lo más tranquilo al liceo
Roscio, asistí a las clases y me devolví. Pasé varias veces por mi residencia
sin percatarme, hasta que alguien, por casualidad de Las Mercedes del Llano, me
gritó: ¿Estás perdido? Y me explico donde estaba mi casa. El perdido no ve lo
que busca, simplemente está perdido. Desde ese episodio escribo en una libreta,
papel o cartón los sitios por donde paso hasta que de tanto trajinarlos me los
aprendo.
Lo
primero que hago es escribir que sobre la parte superior de la puerta de la
residencia hay una inscripción: 84-ABANT 83. El edificio del frente se
identifica como “ARMAN AP”. Inmediatamente del lado derecho está la cafetería
“goreme muhallebicisi”. Empiezo mi caminata. En la primera cuadra, antes del
semáforo , está la panadería “Resun”,
muy concurrida por comensales que desayunan y toman el café turco o el té en
vasitos que parecen de juguetes.
Una
tienda de celulares, “Gokada store tel” ,está vacía y los empleados están
entretenidos con sus propios celulares; pero la panadería “Nazar
pastenesi” está repleta, como también lo
está otra llamada “Kafkas”.
Me
detengo en un establecimiento que luce su mercancía sobre un estante colocado
en la acera. Una tablilla tiene un letrero: Manti-Pelmeni. Parecen raviolis
rusos.
Un
gato me sigue por un largo trecho. Los gatos son protegidos, y eso es parte de
una política gubernamental. Los gobiernos dictan directrices que se hacen
costumbre con el tiempo. Gandhi decía que “un país se
puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”.
El
restaurant “Pasadoner” está apenas
abriendo sus puertas. Cerca hay un aviso que claramente es un cartel para
buscar a un gato perdido. La foto muestra al felino negro brillante con un
collar amarillo.
Giro
a la izquierda. Llegó hasta la “Tuna parfumeri”, cerca de una establecimiento
identificado como “Koska, al lado de una ” venta de accesorios (¿de qué?). Me
topo con una extensa muralla, pero no es de las antiguas. Se ve muy moderna,
En
cada sitio que visito la gente fuma. Aquí no hay avisos de que “este local es
libre de humo”. Si los hubiese tendría este lema: “Aquí usted es libre de echar
humo”. Es curioso que existan todo tipos de grupos reclamando sus derechos, a
veces extravagantes, y no haya o no sé de alguno que luche por los fumadores.
Cruzo
la calle con mucho cuidado. Los chóferes manejan a su manera, y no hay esos
rayados que en otros países son sagrados para la gente de a pie; sin embargo,
una vez vi a un carro detenerse para que un gato siguiera tranquilo su
caminata.
[Raki]
Entro
una licorería para comprar “Raki”, la bebida alcohólica más popular turca .
Pamuk la nombra mucho en sus novelas. Trato de explicarle al vendedor que
quiero una botella de Raqui, pero sin anís. No soporto el anís. Compro la que
me sugiere, pero igual tiene anís. El empleado me propone unos tabacos, como
suponiendo que el servicio de intoxicación debe ser completo. Salgo de la
licorería con la botella de Raki y unos tabacos turcos, más baratos que los que
compré en el Gran Bazar. Al salir veo una venta de libros ambulantes, pero
todos los libros están en turco.
De
regreso me siento en el “goreme muhallebicisi” . Me sirven un café turco con
una vaso de agua, como lo servían en Sabana Grande en Caracas.