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EN
EL GRAN BAZAR
Hoy
es viernes, primero de septiembre. Vamos al Gran Bazar de Estambul o como está
escrito en turco en el frontispicio “Kapalicarsi”. Fue
fundado en
1461, el sultán Mehmed II; es decir, estamos sobre los mismos aposentos por los
cuales de paseó el conquistador de Constantinopla .
El
Gran Bazar tiene más de cuarenta y cinco mil metros cuadrados , más de sesenta
pasillos, dieciséis patios (Borges decía que por los patios entra el cielo a
las casas ) y veintidós puertas. Sus
cientos de puesto de venta son una verdadera prueba para un practicante del
estoicismo, filosofía que aconseja ir a estos lugares comerciales atractivos y
vencer la tentación que agobia a cualquier mortal de la sociedad de consumo. En
otras palabras, ver cada estante y sus mercancías , disfrutar de todo lo bello
y sabroso de las vitrinas y mostradores y no comprar nada. Esa es la prueba de
que haz alcanzado un alto grado de estoicismo reflejado en es vigorosa fuerza
de voluntad.
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El
Gran Bazar en sus inicios funcionó como un mercado de telas. En Venezuela
siempre se ha asociado a los turcos con la ropa y las telas. ¡Yo recuerdo a los
turcos que llegaban a Las Mercedes del Llano y vociferaban por las calles “!cortes,
cortes, cortes baratos!”. Mi madre llamaba al vendedor turco ambulante, que
azotaba las calles del pueblo bajo un sol ardiente ,y empezaba a escoger las
telas. Hago este comentario y Natalia dice que en la provincia rusa también era
igual, pero con comerciantes autóctonos. La peculiaridad residía en el hecho de
que las telas que traía el negociantes eran de un mismo color; entonces al
tiempo se veía a los habitantes vestidos de un mismo color como lo hacen los
integrantes de los conjuntos musicales.
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En
una vitrina veo unos tabacos finos. Pregunto por el costo. El vendedor me
responde que su precio es cuatro unidades por cien liras. Le hago una
contraoferta: cinco por cien. Me
responde que jamás hará eso en ninguna circunstancia ni por ningún motivo. Me
aparto para seguir mi camino; entonces corre tras de mí y grita a todo pulmón:
¡Acepto, acepto, claro que acepto!. El regateo está en el carácter y la sangre
de los comerciantes turcos. Si no regateas durante la transacción comercial el
negociante puede sentirse frustrado. Eso nos pasó con unas camisas.
Inmediatamente que el amo nos dijo el precio, nosotros nos marchamos. El hombre
tras el mostrador se puso cariacontecido , y esto significaba: ¿Dónde está el placer
del regateo?
Al
rato volvimos, pero el señor de las camisas estaba ocupado. El vendedor de al
frente nos hizo una señal para invitarnos a su tienda y nos dijo: Tengo esas
camisas tres veces más baratas; y empezó a mostrarlas. Entonces, el vendedor primigenio
se asomó y le dijo algo en turco a nuestro nuevo proveedor quien se dirigió a
nosotros con estas palabras: No puedo venderles nada. Me ha dicho que si lo
hago soy un mal amigo, un vecino desleal que hace una competencia inmoral.
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Entramos a un pasaje donde hay varios puestos de venta alrededor de un patio en cuyo centro está un arbusto de vid ampliamente extendido con su ramaje y cargado de uvas, aspecto apacible que me hace recordar “El Brasero” de San Juan de los Morros, un sitio de carne en vara con un arbusto de vid similar al que describo.
En
las entradas de los quioscos cuelgan alfombras y lámparas . Unos hombres juegan
nardi o Backgammon (chaquete o juego de tablas reales). En tiempos
estudiantiles jugaba con Sergio por horas enteras.
Los
jugadores del patio colocan fichas sobre el tablero, hablan, fuman y beben té incesantemente
en esos vasitos típicos turcos con sus respectivos platillos y diminutas
cucharillas.
Un
muchacho de acerca con un recipiente y con una manilla extrae agua de una
pequeña estructura de ladrillos. Es un aljibe, me digo .
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