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LA HISTORIA EN UNA QUINCALLA ESTAMBULITA
1
En cualquiera de las estrechas y serpenteadas calles
de Estambul hay puestos de ventas de suvenires, cigarrillos, encendedores,
juguetes, etc. Toda esa mercancía puede resumirse, en una palabra: Baratijas . Baratijas para llevar como recuerditos. Arte
masificado y de pacotilla que, sin embargo, revalorizamos cuando visitamos el
Museo de la inocencia de Orhan Pamuk, donde se exponen toda clase de objetos
insignificantes que remiten a un lejano recuerdo o evocan una historia cualquiera.
2
En uno de esos locales de buhoneros vemos, entre
muchos artículos de medio pelo, dos yesqueros de esos que no se les ve la llama
, cada uno con una imagen fácilmente identificable: son los rostros del Che
Guevara y el de Pablo Escobar. El primero, un revolucionario que luchó contra
el capitalismo para convertirse en vulgar mercancía del capitalismo; el otro,
un narcotraficante que también luchó contra el capitalismo a su manera: inundando
las calles del imperio americano con estupidizantes drogas. A ambos los une un
hilo de acero: fueron matones despiadados. A ambos le han levantado santuarios
en muchas lugares del mundo, y ya forman parte de una especie de Corte de los
milagros victorhuguiana. La gente los ha colocado en altares donde le encienden
cirios y les hacen sus peticiones en medio de piadosas oraciones. Los extremos
se unen: Haber sido santo o criminal es lo mismo a los ojos del populacho.
3
Hannah Arendt, filósofa alemana-judía, habló de la “banalidad
del mal” para describir la actuación de los empleados hitlerianos, responsables
de asesinatos masivos: era gente normal que sólo cumplían ordenes sin analizar
las consecuencias de sus actos. Así mismo pudiéramos hablar de una manera
peculiar de la banalización del mal , por parte de fabricantes y consumidores:
lo importante es la mercancía sin pensar en la historia que la inspiró.
4
Milán
Kundera en “La insoportable levedad del ser” (1984) , su novela más famosa, afirma
que con el tiempo a los malvados de la Historia se les perdonan o aceptan sus
asesinatos, atropellos y desmanes hasta con una sonrisa.
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